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Primeros fríos

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Estos días, en que los rengos cubren sus piernas con mantas y los cafés se deshojan en vapores, no ocultan lo triste de algunos maquillajes, ni la risa traspuesta de la charla ni el sentido peculiar de querer hallarse siempre en otra parte. Una nariz fría, tiene igual valor que la mano tibia si en la espantosa lectura de un diario no hay más que desgracia y muerte, cifras y el cruel plan que alguien hurdió antes de que naciera esta especie. Y créeme que en el frío, la loa o la ignominia, la farsa o la franqueza no compiten y se quedan allí congeladas en los hielos del odio, en la cicatriz de la ignorancia, en la burla de lo que se ha tramado. (Fotografía: Robert Walser (1878-1956), escritor suizo, en el día y momento de su muerte).

las hienas

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en su ardid y finta no le convence el trino del arrullo siniestro, ni el embauco. no le convence ni el llanto ni las hojas que deshoja el otoño ni el oro puesto ante sus ojos. nihil novum sub sole, la historia se repite como la melodía torpe que se extirpa a un armonio. como quien juega a la rusa ruleta o al endiablado ritmo de un par de cartas. a alguien habrá de tocarle la bala... o la miseria, la rústica manipulación del tahúr o el anacrónico cantar de un tango. deja la verdad para los beatos, los obispos, los lamas y los honestos. en este mundo, creéme que es así. han triunfado las hienas, los cocodrilos, los cetáceos invertebrados.

Panem et circenses

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una marioneta enorme seguida por miles de infieles la nacionalización urgente y por gracia de dos entrenadores deportivos el rebautizo veloz de un estadio en nombre de un fallecido periodista agitados carnavales porteños polinésicas figuras de piedra entre las maravillas del mundo fiestas de la cultura y del meadero hordas en fila cambiando la vida por un boleto de espectáculo musical las mismas hordas levantando un trofeo como si fuese un becerro de oro las mismas hordas mirando al cielo el paso de un coloso alado las mismas hordas que comen pan que van al circo que son el remedo infame del monstruo que ellas mismas han creado

on HER blindness

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Indigno de los astros y del ave Que surca el hondo azul, ahora secreto, De esas líneas que son el alfabeto Que ordenan otros y del mármol grave Cuyo dintel mis ya gastados ojos Pierden en su penumbra, de las rosas Invisibles y de las silenciosas Multitudes de oros y de rojos Soy, pero no de las Mil Noches y Una Que abren mares y auroras en mi sombra Ni de Walt Whitman, ese Adán que nombra Las criaturas que son bajo la luna, Ni de los blancos dones del olvido Ni del amor que espero y que no pido... (J.L. Borges "El oro de los tigres", 1972). Originalmente "ON HIS BLINDNESS"

muerden

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Hoy supe de cocodrilos que muerden y sueltan, así son los cocodrilos. No sueltan, carne de cocodrilos... No importa mucho serlo, porque siempre hay un gusano que sueña con serpientes. Y aunque los gusanos sean ratas y las ratas de la misma especie, no me han sacado la traquea, esa que los pincha de palabra, esa que los mueve.

La guerra venía en camino

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Supuse que las cosas no estaban bien, lo decían los kioscos, nadie más. El resto de los funcionarios guardaba silencio y asentía. Encogiéndome de hombros, con un cigarrillo en el labio, le comento a Aníbal que me huele a sospecha, que eso lo maneja el gran cerebro. -Al final del túnel está la luz - dice mi camarada. - Sí, siempre - le digo - y nadie la alcanza. -Claro, porque siempre hay un tipo montado sobre un carrito que pone reversa y se encarga de que jamás la agarres. - Te metes al túnel, ves la luz y nadie va a alcanzarla - le digo riendo -¡Jamás! Le tomo el hombro y lo dirijo al café donde siempre están las chicas. "¡Ahí sí que hay luz!", pienso, y enciendo mi cigarrillo.

De cómo conocí a Antonio Lubenzo (Brevissimo)

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Hace un tiempo indeterminado - desde hace días y noches el tiempo para mí no existe - me encontraba en una perfumería del centro de Santiago con la idea de comprar algo de gomina para mi gato angora . Una vez afuera, me encontré en la puerta junto al mismo señor de aspecto gentil y buenas maneras que aguardaba a mi lado ante el mostrador del local comercial, quien me señala: -Si no me equivoco esa es mi bolsa y se la han dado equivocada. -Si no me equivoco esa es mi bolsa y creo que también se la han entregado erróneamente - le respondo con ademán ciudadano. -¿Porta usted gomina? -¡Claro que sí! ¡Cómo no! - y le extiendo mi paquete. Sonreímos entregándonos los envases respectivos. -Antonio Lubenzo, patafísico - dice y alarga su mano. -Salinero... aprendiz. Caminamos varias calles hablando de las propiedades de la gomina, de su viscosidad inconmensurable, de la suerte del hombre del siglo XX tras ese invento notable, de sus efectos positivos para la concentración y el pensamiento. Hici...