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Pavores

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Pavor a las escalas en curva, no ves lo que viene hacia arriba o más allá, no distingues lo que se aproxima más abajo o más acá. Pavor de la luz, del sol o la luna, pavor a los colores, al destello de un reflejo o a la opacidad de una nube. Temor a una mano en el hombro al beso ajeno, a las marchas de los energúmenos a las bestias mediáticamente creadas. Temor a un mal paso a una vereda en mal estado al enigma de las alcantarillas y sus habitantes. Pavor a la ignorancia, al fácil palmoteo de espalda, a la farsesca sonrisa del otro a la reptil mano mal otorgada. Miedo otra vez al filo de un cuchillo en el cuello, a la botella descorchada, a la soledad más ignominiosa a dilapidar toda esperanza.

¿Y qué fue lo que sucedió? (Reporte I)

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Un reportero se pregunta: ¿Y qué fue lo que sucedió? Sagaz, valeroso y notable, el reportero de madrugada me explica lo inexplicable. No sé cual mediática meretriz recibió diez nalgadas en público por eructar en una entrevista de alta audiencia, cuenta que existen filmaciones sobre zoofílicos actos de un respetado humorista copulando con un pudú. ¿Y qué fue lo que sucedió? Cien cabezas rapadas apalearon a una gallina castellana, y cien punks fueron en su defensa. Doscientos intolerantes fueron a la cana, mientras un piquete de policías bebe ron ante sus barbas. Reporte de mañana. Cierre con una buena noticia. Cuatro millones de compatriotas hicieron crecer el país hasta la indigestión. La diarreica peste de dinero chorrea de arriba a abajo, de lado a lado. Yo me quedo satisfecho con la escuálida situación de mis bolsillos a los cuáles la mierda no ha alcanzado.

Ruleta rusa

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En este absurdo timo que es la vida, donde sólo se cree en lo que se ordena, he visto estúpidas esperanzas en los sueños, en las calles y en las voces. Se juega al azar, con un mazo incompleto, las cartas faltantes las guarda el Don; se juega a la ruleta rusa y siempre este señor se reserva tres o cuatro naipes o una bala o el filo del cuchillo, en una trampa injusta, como todas las trampas.

Evaluación

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¿Y qué hice? Todo lo que puedan imaginar. Beberme hasta el agua de los ríos, masticar la carne de los perros y mastines, embroncarme con los servicios de inteligencia, maldecir hasta a mi propia madre, morderme los labios hasta sangrar, golpear a lo que se viniera encima, rasgar vestiduras, y lanzar vasos por la ventana, escribir durante 21 horas seguidas, fumar todo el tabaco del mundo, caminar hasta el fin de cualquier calle y retornar por la vereda del frente. Pisar el pasto húmedo, seco o ardiente, cortarme los muslos con una navaja, perseguir ratas por los pasillos, apostar lo indecible, charlar con mendigos, africanos y árabes, oler a Kafka en Praga. Dejar pasar todo el opio y el hachís posible, volar como vampiro, yacer en calles borracho, irme tras las rejas junto a cuatro marroquíes. Soportar una tormenta eléctrica a la intempérie. Desandar los pasos y volver a pisarlos nuevamente. Nadar de noche en el Mediterráneo y cargar dos maletas. Y tantas cosas, tantas otras cosas... ...

Las Fieras

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No te diré nunca cómo fui hundiéndome, día tras día, entre los hombres perdidos, ladrones y asesinos y mujeres que tienen la piel del rostro más áspero que cal agrietada. A veces, cuando reconsidero la latitud a que he llegado, siento que en mi cerebro se mueven grandes lienzos de sombra, camino como un sonámbulo y el proceso de mi descomposición me parece engastado en la arquitectura de un sueño que nunca ocurrió. Sin embargo, hace mucho tiempo que estoy perdido. Me faltan fuerzas para escapar a ese engranaje perezoso, que en la sucesión de las noches me sumerge más y más en la profundidad de un departamento prostibulario, donde otros espantosos aburridos como yo soportan entre los dedos una pantalla de naipes y mueven con desgano fichas negras o verdes, mientras que el tiempo cae con gotear de agua en el sucio pozal de nuestras almas. (Fragmento cuento "Las Fieras", Roberto Arlt)

Ley marcial

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Escupe bajo promesa huele a carroña a cadalso a garrote vil o pisada de Gólgota e indefenso grillete La mirada de los chacales cubre de sombras la ruta, marca el camino hacia la última exhalación dictaminada por un juez de habano, de codo gastado en grado mayor Va el veneno del justo creando el anatema infinito, la sonrisa de la condena de este mortal cazador que de madrugada se anida en la postrera ignominia. No habrá perdón. No existirán indultos ni sabias frases. El condenado acunará en su desdicha la gloria de los inmortales.

La gravedad

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Todos los árboles ¡Todos! Van hacia el cielo como se eleva una voz o alza la mano un niño o un puño en la victoria. Todos los respiros ¡Todos! van hacia el cielo ¿Hacia dónde si no? Los más claros o rupestres pensamientos la ebriedad las columnas y las catedrales ¡Todo al cielo! ¡Todo al cosmos! ¡Todos los sueños! ¡Newton! La gravedad en lo bellamente leve ¡No existe!